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Pasé los nueve meses de embarazo dedicada a mi bebé. Le ponía a Mozart para estimular su cerebro, le leía en voz alta a Ralph Waldo Emerson. Le agasajé con cuentos de una familia rica en historia (no tiene sentido desilusionarla demasiado temprano.) La nombré, le puse apodos y charle con ella como una niña. Walt, mi marido, también dedicó ese tiempo prenatal a relacionarse con ella. Sin embargo, su enfoque estaba un poco equivocado. Durante mis exámenes regulares de OB en la tarde del miércoles, él se relacionó con mi doctor. Se hicieron amigos muy pronto, y antes de que yo lo supiera, mis turnos fueron cambiados para los jueves, para poder así los dos jugar 18 agujeros de golf juntos. Desafortunadamente, los recibos de pago del médico no reflejaron esa amistad. Mientras asistía a mi turno para el ultrasonido, Walt consiguió otro nuevo amigo -- el técnico de ultrasonido. Le explicó el procedimiento y el equipo en términos muy complejos. Los ojos de Walt brillaron al descubrir que compartía el interés por esos artefactos técnicos. Después cuando disfrutábamos las fotos con la familia y los amigos, Walt disertó con orgullo acerca de cómo las frecuencias y la energía ultrasónica de 220v, daban lugar a esta imagen de ... Ah verdad, ¡la niña! Imagínese el regocijo de Walt, cuando se topó con el marido de la instructora de Lamaze en la piscina yo llevé a mi hermana a las clases como mi asistente alterno. Las atenciones de Walt estaban en poner estilo en sus lances en la piscina, en lugar de preocuparse por ayudarme con los ejercicios de respiración para el parto. Una carrera para el hospital por lo que después resultó una falsa alarma, le dió a Walt nuevas oportunidades para encontrar nuevos amigos. Mientras yo estaba metida en el monitoreo de las contracciones, Walt hizo buena amistad con el médico de guardia. Pues por casualidad habían pertenecido a la misma fraternidad de su universidad. Dos hombres mayores saludándose con el típico apretón de mano de los indios de yo no se donde, en un periodo en que mis contracciones iban y venían. Desde ese momento cada vez que yo tenía una pequeña contracción, Walt insistía en correr para el hospital “solo para estar seguros” o para saludar a su amiguito. Cuando llegó el gran día, Walt me metió con impaciencia en el auto, y salió rápido para el hospital. Llegamos en tiempo record. En la sala de parto había un televisor equipado con los canales de cable. Eso no significó nada para mí. Las contracciones empezaron con una frecuencia de dos minutos, y yo pedí medicinas. El anestesiólogo llegó justo en tiempo, para dar su opinión crítica de la película de Steve Martin que tenía absorto a mi marido. Los dos críticos de cine de la sala de parto, habían olvidado completamente al personaje protagonico de la película o sea -- ¡YO! Si no hubiera estado la enfermera, probablemente mi bebé hubiera salido disparado contra el piso. Era un parto sin medicamentos. Supongo que los hombres establecen sus vínculos paternales a su manera - y con su propio estilo. Ahora que la niña está aquí, Walt está cerca de ella. La lleva religiosamente al encuentro semanal de padres e hijos, y a las reuniones del grupo de juegos. Tengo entendido que allí también tienen un trampolín en la piscina.
Sobre la autora; Kellie Head es madre de seis niños y redactora de The "M" Word en http://www.the-M-word.com |


